martes, 23 de septiembre de 2008

Especialidad del dia


Que jodia es la memoria, que importante es la historia.
Este fin de semana, con el Congreso del PP madrileño de fondo, Esperanza Aguirre nos ha recordado que su partido «no existía ni en la guerra ni en el franquismo», y que «otros no pueden decir lo mismo» (en clara alusión al PSOE). En esta misma línea, su mano derecha, Enrique Granados, señaló que el Partido Popular «es de los pocos partidos del arco parlamentario que no fue protagonista del fracaso colectivo de la Guerra Civil».

¿Es eso cierto? Según se mire. Tal como lo conocemos hoy, con la denominación y la personalidad jurídica actuales, el Partido Popular ciertamente no existía en aquellos tiempos. Pero siglas y estatutos aparte, conviene saber algo más para relativizar (con perdón) esta afirmación.

Mucha gente se preguntará por qué el Partido Popular se llama así, «popular». Algunos, incluso, consideran un sarcasmo que un partido de derechas tenga tal nombre. El origen hay que buscarlo en el catolicismo político (más conservador que social) surgido tras la encíclica Rerum Novarum, promulgada en 1891 por el Papa León XIII para establecer la llamada «Doctrina Social de la Iglesia». Varias formaciones de esta corriente, surgidas en Europa a principios del siglo XX, adoptaron esa denominación. Así nacieron en 1919 el antiguo Partido Popular Italiano y, en España, el Partido Social Popular, liderado por Ángel Ossorio.

Con el Partido Social Popular nacía una «nueva derecha española», conservadora, clerical y de masas, que trataba de superar el viejo conservadurismo de la Restauración, elitista e incapaz de responder a los nuevos retos políticos que planteaban los liberales demócratas, los republicanos y, sobre todo, los socialistas. Al llegar la dictadura de Primo de Rivera, el Partido Social Popular desapareció y sus miembros se integraron en la nueva Unión Patriótica: un experimento de partido único mal cohesionado que no sobrevivió al régimen que lo había creado.
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1 comentario:

Mandibula Afilada dijo...

Acojonantemente bueno. ¡Viva la memoria histórica!